miércoles, 8 de septiembre de 2010

EDUCACIÓN PARA LA CONEXIÓN



En el auge del mundo interconectado  y el aumento de los flujos de información y la entrada agresiva de las nuevas tecnologías, genera variadas opiniones en todos los espacios de discusión tanto académicos, trasegando por lo político, económico, educativo y mediático.

El tema internet en Colombia, suscita gran cantidad de reflexiones a la par que se sostiene que poseemos  una de las tasas de crecimiento (conexión a la red)  más altas del continente, lo que daría a sobreentender que nuestro país se encuentra en la vanguardia tecnológica y en un altísimo desarrollo de contenidos y experiencias mediáticas, pero por lo contrario, al parecer se genera una tendencia a la segmentación de la población entre conectados y desconectados, para asistir a un nuevo analfabetismo, y pensar en que quien no esté conectado o por lo menos no posea una cuenta de correo electrónico, no existe, ¿Qué hacer para que esto no suceda?

Cifras del centro nacional de consultoría sobre los consumos de internet, en las que se analizan las razones para usar internet y las actividades más comunes en la navegación, dan cuenta que si bien hay un crecimiento evidente en las conexiones, las cifras distarían mucho de ejercicios algo más profundos que el simple uso de redes sociales, intercambio de información y entretenimiento, y mucho menos en la justificación de la proliferación de medios de comunicación en línea que  debilitarían  la agradable sensación de desdoblar un periódico y devorarlo, o sintonizar la televisión convencional en la sala de la casa.



Estamos en el momento en el que Colombia, por el auge de la interconectividad y la optimización de los procesos de intercambio de información, se  puede detonar una verdadera revolución tecnológica, abriendo las puertas del mundo con plataformas educativas para la globalización, con estrategias inclusivas sobre todo dirigidas a los más jóvenes y enseñarles el valor real de la red, y no solo dejarlos pensar que lo único que existen son los amigos virtuales y páginas para comentar las fotos de los otros, debemos asistir a la nueva nominación y ocupar el nuevo lugar como consumidores, como dijo en días pasados Emilia Restrepo al periódico el colombiano: Hoy no hablamos de consumidores sino de prosumidores (consume y produce). Los colombianos no sólo consumen medios y contenidos, sino que producen información. Es imposible evitarlo", sostuvo la directora de Indexcol, Emilia Restrepo.[1]



Las proyecciones a futuro, auguran un mejor aprovechamiento de la conexión a internet para el desarrollo de estrategias de mercado, información y formación más agresivas e incluyentes para toda la población Colombiana, como lo asegura el portal MediosMilenium.com La época en la que el colombiano usaba Internet sólo para revisar su correo electrónico o navegar quedó atrás. Hoy, es un usuario activo de la Web 2.0, o Web Colaborativa, en la que genera contenidos, comparte con amigos y con desconocidos sus intereses y conocimientos, decide qué contenidos quiere recibir… en resumen, hoy es quien tiene el poder"[2].

Educar para conectarse debería ser la línea a seguir en los procesos formativos en Colombia. Hay avances como los cursos virtuales del SENA, los pregrados, maestrías, diplomados y especializaciones en línea de algunas  universidades colombianas etc, pero el desafío se centra en la educación en una mentalidad nueva, que aprenda a conjugar la ruralidad con la interconexión, que revalore la virtualidad más allá de un ejercicio de agregar amigos, sino de agregar conocimiento.




viernes, 3 de septiembre de 2010

CONFLICTO ARMADO EN COLOMBIA ¿DÓNDE ESTÁN LOS MUERTOS?

"¿a dónde van los desaparecidos ?"
Canción Despariciones: Rubén Blades

Sin que parezca titular de Periódico vespertino, este título (MUERTE), ya dice demasiado y se ha convertido casi en un sustantivo, en un ser de carne y hueso, que tiene personalidad, que puede ser visto, que es ya casi parte de nuestra naturaleza, de nuestro diario vivir.

Sentimos este título casi tan familiar como el café de la mañana, o como los demás titulares de la prensa, es como si estuviéramos leyendo plácidamente los deportes, “Millos 1, Junior 1” … “ en los enfrentamientos fueron abatidos 13 soldados y 22 Guerrilleros”.

El conflicto armado en Colombia se ha vuelto nuestro compañero de camino,  nuestro pan de cada día, el que se nos haga tan cotidiano solo quiere decir que hemos sido envueltos en al vaho de la indiferencia, en lo pusilánime de la resignación.

Creer que se conoce al país, no se debe reducir a recitar de memoria fechas memorables y nueves de abril pasados, de creer que los hechos de violencia en este país solo suceden de la en las comunas, inclusive, creer que vivimos en semejante burbuja, esa en que nos limitamos a la muletilla “pobre gente”.

A mi parecer el conflicto en este país se alimenta del miedo, de la indiferencia, de la resignación de quienes están ajenos a el. No es una guerra de 2 bandos, es un combate de 40 millones de almas que ven día a día sus campos desolados y repletos de ruinas, como diría el salmista “salgo al campo y veo muertos a espada”.

La crudeza con la que se enfrentan los grupos ilegales contra las fuerzas del orden, solo reflejan lo primitivo y bárbaro del corazón asesino de unos y otros, basta solo con ir a las estadísticas menos escrupulosas,  nos dirán que ni el holocausto nazi, mostró este teatro dantesco y macabro lleno de mutilaciones, desapariciones, muerte, sangre y lágrimas.

La actitud, ¿cual será? Las respuestas ¿dónde están? La vida se nos escapa por un dedo, si, el dedo que aprieta el gatillo; se nos escapa por los ojos, los ojos del niño que aún pregunta ¿dónde está papá?; se nos escapa en el canto de los pájaros acallado por el tableteo de los fusiles; ¿Adónde ir, si solo nos queda esta tierra hermosa?

Creo que la invitación que se nos hace a reflexionar sobre el conflicto en Colombia es una solicitud unánime a pensarnos como país, de reconocernos en la piel del chocoano, en la fuerza de nuestros indígenas, en la valentía de nuestras mujeres, en los sueños de nuestros niños, en las interminables listas de desaparecidos, en el ruido de los pares de botas que caminan día y noche las trochas de nuestros pueblos.

Debemos reconocer nuestros rostros al mirarnos al espejo, ¿qué vemos? Vemos el hambre que se ve en nuestras calles, vemos las “maromas” que hacen cientos de niños en los semáforos con pelotas y antorchas, vemos la mano sucia que se nos extiende al otro lado de la ventanilla, o solo nos vemos a nosotros, protegidos, libres, sin nada ¿porqué sufrir?


Que veamos en esos rostros golpeados por la violencia la razón de nuestra oración, de nuestro trabajo, de nuestra preocupación, pues poco a poco, creo yo, que los muertos ya no son los que caen en la batalla, sino aquellos que han perdido su nombre, su dignidad, su fe.