
Hablar de fútbol y nación en una nación que vive del fútbol y para el fútbol, supone un análisis más allá de las líneas del campo de juego, para incursionar en los terrenos de la crítica social, y de las realidades de los colectivos que consumen medios, y que implica analizar esos medio que por ratos nos consumen.
La serie futbol y nación, con una realización intrépida e y ágil, más allá de hacer una apología del fútbol, resalta lo que en últimas deberían reconocer los más ortodoxos sociólogos como el resultado de un verdadero trabajo de campo, pues es en el campo de juego donde se gestan un entramado de sentimientos y respuestas, que trascienden todo análisis pedagógico, y se pueden rastrear en cada grito en el estadio hasta la más acalorada de las discusiones en una acera de la ciudad.
La gran pregunta sobre los contenidos y la forma de presentarlos, y a la luz del fútbol nos puede llevar a pensar en la posibilidad como un juego como el fútbol (pues visto en su más simple esencia es un juego) puede trascender a los límites de lo epopéyico, y convertirse en un resumen social, pues el futbol resume las luchas entre ricos y pobres, entre favorecidos y despreciados, convirtiéndose en una religión de miércoles y en un sacramento de tribuna, que es capaz de reunir en el sentir de una misma camiseta, a los estratos más diversos, a las formas de pensar más contrarias, aún, las fronteras de gentilicio y tierra.
Si el tema consiste en el análisis de los contenidos y la injerencia de los medios en su poder, la delgada frontera entre lo utópico y lo real se ha desdibujado, pues la información y los contenidos ya se han convertido en un producto que se vende, se intercambia, se plusvaliza, se pulveriza.
Es así como algo tan simple como un juego, se convierte en una mercancía que deja eternos dividendos a los grandes emporios de la información, y precisamente por esta razón, es que se desdibuja la razón de ser del verdadero fin del entretener y educar, en vez de vender y condicionar.
Todos los días asistimos al cotidiano teatro noticioso, en el que nos venden por módicas cuotas leídas por los profesionales de la presentación, la realidad del país y lo que sucede en las calles, en los campos, en las finanzas, en los deportes.
Si los contenidos ofrecidos no son lo suficientemente satisfactorios al oído o a los ojos, la única opción que hemos aprendido es la alternativa del cambio de canal, o en el más arriesgado de los casos apagar la televisión en el acto más heroico posible y más “responsable” en el supuesto de no dejarse embrutecer más por lo que emiten las grandes cadenas.
Interrogarse sobre los contenidos e interrogar a los contenidos, es un ejercicio que va más allá de preguntarse si un contenido es censurable o no, la pregunta va más allá. Y debe ascender al ámbito de la autocritica y el análisis de ya no pensar en lo qué consumo, sino cómo lo consumo.
Que importante sería diseñar criterios desde la academia y desde la elaboración misma de los contenidos, que permitan un análisis no de la información en si, sino en una anticipación a como las consecuencias pueden impactar negativamente a las audiencias.
La televisión se enseña a ver, no basta solo con mostrar como se enciende, como se cambia el canal o cómo se apaga el receptor; va más allá la necesidad de enseñar a interpretar objetivamente lo que sucede , cómo sucede y para que sucede y eso que nos enseña.
Si volvemos a hablar de futbol como es que tememos a los clásicos, o a los enfrentamientos afuera del estadio, en el que las calles se tiñen de humo antimotines, y se refleja de forma clara lo que se sustrae del verdadero inconsciente colectivo, trasladar la sana batalla deportiva, hacia los límites suprahuamnos del ser capaz de reventarle la cabeza a un contrario por el hecho de pertenecer a la barra del otro equipo, como si asistiéramos al más dantesco de los escenarios, en que el espíritu deportivo se convierte en noticia de última hora ya no como exaltación de la lucha gallarda y honesta de los jugadores, sino del campo de guerra que queda al paso de las barras combatientes.
Nación y futbol, en una nación que vive del futbol. Cuándo será que nuestra nación dejará de ser un entramado de noticias e historias mal contadas, para crecer y ser un verdadero colectivo social que interpele, pregunte y construya, sin las excusas de la violencia y la cohersión.
La serie futbol y nación, con una realización intrépida e y ágil, más allá de hacer una apología del fútbol, resalta lo que en últimas deberían reconocer los más ortodoxos sociólogos como el resultado de un verdadero trabajo de campo, pues es en el campo de juego donde se gestan un entramado de sentimientos y respuestas, que trascienden todo análisis pedagógico, y se pueden rastrear en cada grito en el estadio hasta la más acalorada de las discusiones en una acera de la ciudad.
La gran pregunta sobre los contenidos y la forma de presentarlos, y a la luz del fútbol nos puede llevar a pensar en la posibilidad como un juego como el fútbol (pues visto en su más simple esencia es un juego) puede trascender a los límites de lo epopéyico, y convertirse en un resumen social, pues el futbol resume las luchas entre ricos y pobres, entre favorecidos y despreciados, convirtiéndose en una religión de miércoles y en un sacramento de tribuna, que es capaz de reunir en el sentir de una misma camiseta, a los estratos más diversos, a las formas de pensar más contrarias, aún, las fronteras de gentilicio y tierra.
Si el tema consiste en el análisis de los contenidos y la injerencia de los medios en su poder, la delgada frontera entre lo utópico y lo real se ha desdibujado, pues la información y los contenidos ya se han convertido en un producto que se vende, se intercambia, se plusvaliza, se pulveriza.
Es así como algo tan simple como un juego, se convierte en una mercancía que deja eternos dividendos a los grandes emporios de la información, y precisamente por esta razón, es que se desdibuja la razón de ser del verdadero fin del entretener y educar, en vez de vender y condicionar.
Todos los días asistimos al cotidiano teatro noticioso, en el que nos venden por módicas cuotas leídas por los profesionales de la presentación, la realidad del país y lo que sucede en las calles, en los campos, en las finanzas, en los deportes.
Si los contenidos ofrecidos no son lo suficientemente satisfactorios al oído o a los ojos, la única opción que hemos aprendido es la alternativa del cambio de canal, o en el más arriesgado de los casos apagar la televisión en el acto más heroico posible y más “responsable” en el supuesto de no dejarse embrutecer más por lo que emiten las grandes cadenas.
Interrogarse sobre los contenidos e interrogar a los contenidos, es un ejercicio que va más allá de preguntarse si un contenido es censurable o no, la pregunta va más allá. Y debe ascender al ámbito de la autocritica y el análisis de ya no pensar en lo qué consumo, sino cómo lo consumo.
Que importante sería diseñar criterios desde la academia y desde la elaboración misma de los contenidos, que permitan un análisis no de la información en si, sino en una anticipación a como las consecuencias pueden impactar negativamente a las audiencias.
La televisión se enseña a ver, no basta solo con mostrar como se enciende, como se cambia el canal o cómo se apaga el receptor; va más allá la necesidad de enseñar a interpretar objetivamente lo que sucede , cómo sucede y para que sucede y eso que nos enseña.
Si volvemos a hablar de futbol como es que tememos a los clásicos, o a los enfrentamientos afuera del estadio, en el que las calles se tiñen de humo antimotines, y se refleja de forma clara lo que se sustrae del verdadero inconsciente colectivo, trasladar la sana batalla deportiva, hacia los límites suprahuamnos del ser capaz de reventarle la cabeza a un contrario por el hecho de pertenecer a la barra del otro equipo, como si asistiéramos al más dantesco de los escenarios, en que el espíritu deportivo se convierte en noticia de última hora ya no como exaltación de la lucha gallarda y honesta de los jugadores, sino del campo de guerra que queda al paso de las barras combatientes.
Nación y futbol, en una nación que vive del futbol. Cuándo será que nuestra nación dejará de ser un entramado de noticias e historias mal contadas, para crecer y ser un verdadero colectivo social que interpele, pregunte y construya, sin las excusas de la violencia y la cohersión.
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