lunes, 4 de mayo de 2009
INTERCAMBIOS CULTURALES
Un sistema de intercambio cultural libre, debería comprender una pluralidad de perspectivas que respeten la diferencia.
¿Cuales serían esas perspectivas, de forma tal que permitan cuestionar los contenidos de los mensajes que se intercambian?
¿Qué hacen las clases populares con lo que ven,
con lo que creen, con lo que compran
o lo que leen? (Barbero 1978)
Los medios, sus mensajes, los receptores, las competencias a la hora de interpretar; todas estas frases protagonizan el escenario de la discusión al respecto del influjo de los contenidos que consumimos todos los días en nuestros televisores, periódicos, y radios, en medio de la gran pregunta respecto sobre quién recae al responsabilidad de los contenidos.
Hemos pasado como dice Jesús Martin Barbero de la comunicación como proceso de dominación a la dominación como proceso de comunicación (Barbero 1978) .
¿Quién domina a Quién? a esta altura de a discusión si queremos plantear la posibilidad de reformular y cuestionar los contenidos que recibimos, sabiendo que esos contenidos y su carga simbólica trae tras de si un mensaje claro y conciso de dominación, asistimos a la formilación de la la pregunta de fondo, para pensar si la intención es intentar crear un nuevo código interpretativo para decantar mejor la información que recibimos, este ensayo, o definitivamente no tenemos posibilidad de crear dicho filtro y asistiremos a la muerte de las opciones en el interpretar.
Un punto de partida para pensar la posibilidad de generar nuevas alternativas interpretativas, reside en hacer conciencia desde dónde miran los medios quienes los consumen[1], para que una vez entendiendo los contextos de consumo de los medios, podemos saber hacia donde va lo que se consume, para intentar desarrollar ese mecanismo de interpretación de los contenidos comunicativos.
Dice David Morley que debemos encaminarnos hacia una Democracia Semiótica[2].
En este orden de ideas, una democracia semiótica debe proveer a los consumidores, las alternativas suficientes, poder interpretar mejor lo que consumen, para leer la “letra pequeña”; una democracia semiótica nos permite asistir a un escenario plural y exento de el influjo homogenizador del mensaje comunicativo. Una democracia semiótica, resarce el compromiso que tenemos como receptores, de ser capaces de digerir mejor los contenidos, nos da la posibilidad de formarnos con criterios claros y críticos para cuestionar los mensajes que constantemente nos llegan por los medios.
Una democracia en la interpretación considero, debería ser el ideal fundante de una nueva cultura critica mediática. Dentro de la formación comunicacional que recibimos, debe convertírsenos en un imperativo la crítica y la interpretación profunda de los contenidos, pues estableciendo una semiótica mas amplia, que permita interpretar los contenidos mediáticos desde la posibilidad individual de mi cultura propia, desde ese retorno a lo singular, y así enriquecer el resultado de los intercambios comunicacionales, con múltiples significados, múltiples productos, múltiples enseñanzas, y dejar de lado la unicidad de lecturas y los monotemáticos puntos de vista, productos de la falta de criterio por parte de los receptores.
Nuestra formación como comunicadores educadores, debe plantearnos como misión, comunicar para educar en el consumo de la comunicación, debemos convertirnos en educadores en los contenidos, en los significados, en los procesos.
Una utopía quizá, pero prefiero imaginar un mundo con mas alternativas para leer los contenidos, y que no se me subestime, dándome discursos viciados, que no le dan espacio a mis ideas.
BIBLIOGRAFIA
Junkel Guillermo, el consumo Cultural en América Latina, 2006 Bogotá
Setevenson Nick, Culturas Mediáticas, Teoría Social y Comunicación Masiva
Curran J, Morley D, Walkerdike V (Compiladores) Estudios Culturales y Comunicación, Análisis, producción y consumo cultural, de las políticas de identidad y el posmodernismo.
[1] Barbero Jesús Martín, en El consumo cultural en América Latina, Junkel Guillermo, 2006 Bogotá, Pag 61
(…) ¿Qué lugar ocupa el televisor en la casa: central marginal, preside la sala en que se hace la vida social o se refugia en el espacio privado de los dormitorios o estudios? La lectura de esa topografía posibilita la elaboración de una topología simbólica en términos de clases sociales.
(…)Nos referimos a los haberes saberes y gramáticas que, constituidos en memoria, median la lectura de los diferentes grupos, y a los imaginarios desde los que conforman su identidad los jóvenes, los adultos, los hombres, las mujeres, los campesinos, los de ciudad, los indígenas, los negros, los costeños, los llaneros etc. ¿Desde dónde miran la telenovela esos diversos tipos de sujetos?(…)
[2] Curran J, Morley D, Walkerdike V (Compiladores) Estudios Culturales y Comunicación, Análisis, producción y consumo cultural, de las políticas de identidad y el posmodernismo.
¿Cuales serían esas perspectivas, de forma tal que permitan cuestionar los contenidos de los mensajes que se intercambian?
¿Qué hacen las clases populares con lo que ven,
con lo que creen, con lo que compran
o lo que leen? (Barbero 1978)
Los medios, sus mensajes, los receptores, las competencias a la hora de interpretar; todas estas frases protagonizan el escenario de la discusión al respecto del influjo de los contenidos que consumimos todos los días en nuestros televisores, periódicos, y radios, en medio de la gran pregunta respecto sobre quién recae al responsabilidad de los contenidos.
Hemos pasado como dice Jesús Martin Barbero de la comunicación como proceso de dominación a la dominación como proceso de comunicación (Barbero 1978) .
¿Quién domina a Quién? a esta altura de a discusión si queremos plantear la posibilidad de reformular y cuestionar los contenidos que recibimos, sabiendo que esos contenidos y su carga simbólica trae tras de si un mensaje claro y conciso de dominación, asistimos a la formilación de la la pregunta de fondo, para pensar si la intención es intentar crear un nuevo código interpretativo para decantar mejor la información que recibimos, este ensayo, o definitivamente no tenemos posibilidad de crear dicho filtro y asistiremos a la muerte de las opciones en el interpretar.
Un punto de partida para pensar la posibilidad de generar nuevas alternativas interpretativas, reside en hacer conciencia desde dónde miran los medios quienes los consumen[1], para que una vez entendiendo los contextos de consumo de los medios, podemos saber hacia donde va lo que se consume, para intentar desarrollar ese mecanismo de interpretación de los contenidos comunicativos.
Dice David Morley que debemos encaminarnos hacia una Democracia Semiótica[2].
En este orden de ideas, una democracia semiótica debe proveer a los consumidores, las alternativas suficientes, poder interpretar mejor lo que consumen, para leer la “letra pequeña”; una democracia semiótica nos permite asistir a un escenario plural y exento de el influjo homogenizador del mensaje comunicativo. Una democracia semiótica, resarce el compromiso que tenemos como receptores, de ser capaces de digerir mejor los contenidos, nos da la posibilidad de formarnos con criterios claros y críticos para cuestionar los mensajes que constantemente nos llegan por los medios.
Una democracia en la interpretación considero, debería ser el ideal fundante de una nueva cultura critica mediática. Dentro de la formación comunicacional que recibimos, debe convertírsenos en un imperativo la crítica y la interpretación profunda de los contenidos, pues estableciendo una semiótica mas amplia, que permita interpretar los contenidos mediáticos desde la posibilidad individual de mi cultura propia, desde ese retorno a lo singular, y así enriquecer el resultado de los intercambios comunicacionales, con múltiples significados, múltiples productos, múltiples enseñanzas, y dejar de lado la unicidad de lecturas y los monotemáticos puntos de vista, productos de la falta de criterio por parte de los receptores.
Nuestra formación como comunicadores educadores, debe plantearnos como misión, comunicar para educar en el consumo de la comunicación, debemos convertirnos en educadores en los contenidos, en los significados, en los procesos.
Una utopía quizá, pero prefiero imaginar un mundo con mas alternativas para leer los contenidos, y que no se me subestime, dándome discursos viciados, que no le dan espacio a mis ideas.
BIBLIOGRAFIA
Junkel Guillermo, el consumo Cultural en América Latina, 2006 Bogotá
Setevenson Nick, Culturas Mediáticas, Teoría Social y Comunicación Masiva
Curran J, Morley D, Walkerdike V (Compiladores) Estudios Culturales y Comunicación, Análisis, producción y consumo cultural, de las políticas de identidad y el posmodernismo.
[1] Barbero Jesús Martín, en El consumo cultural en América Latina, Junkel Guillermo, 2006 Bogotá, Pag 61
(…) ¿Qué lugar ocupa el televisor en la casa: central marginal, preside la sala en que se hace la vida social o se refugia en el espacio privado de los dormitorios o estudios? La lectura de esa topografía posibilita la elaboración de una topología simbólica en términos de clases sociales.
(…)Nos referimos a los haberes saberes y gramáticas que, constituidos en memoria, median la lectura de los diferentes grupos, y a los imaginarios desde los que conforman su identidad los jóvenes, los adultos, los hombres, las mujeres, los campesinos, los de ciudad, los indígenas, los negros, los costeños, los llaneros etc. ¿Desde dónde miran la telenovela esos diversos tipos de sujetos?(…)
[2] Curran J, Morley D, Walkerdike V (Compiladores) Estudios Culturales y Comunicación, Análisis, producción y consumo cultural, de las políticas de identidad y el posmodernismo.
“Influencia de los estudios mediáticos y contenidos en el concepto de marca y el impacto en los conscientes colectivos”

Los conscientes colectivos hacen parte de un constructo necesario en el equilibrio de la sociedad, y esos a su vez son constituidos y organizados por los actores que participan en la elaboración de las dinámicas que trazan la interpretación de los acontecimientos y da las claves de lectura a los miembros de la sociedad, para hacerse a las imágenes de la realidad que ésta necesita.
Los estudios mediáticos, intentan intervenir a las colectividades en sus conscientes brindándoles herramientas e insumos, “inculcándoles” a través de los contenidos, las formas para interpretar desde ellos mismos, convirtiendo los contenidos mediáticos en contenidos colectivos, que más allá de ser simples opciones de consumo, en discursos claros que intervienen y forman el criterio de aquellos miembros de dichos colectivos.
Los contenidos mediáticos que apuntan a la formación de conscientes colectivos de consumo, pretenden ser pedagógicos, que generen procesos de aprendizaje para globalizar las tendencias de consumo, y así establecer círculos de influencia y de enseñar a consumir contenidos.
Las realidades sociales, las realidades de los conscientes colectivos, están siempre influenciadas por la tendencia discursiva de los mismos contenidos que se consumen en cada contexto, las realidades sociales son intervenidas a través de procesos educativos de solución y organización de las soluciones, y es así como se crean productos pedagógico – mediáticos, que gracias a su alcance, ayudan a intervenir las realidades que circundan.
Los contenidos mediáticos, se diseñan y se comprenden desde la perspectiva de la intención con la cuál son elaborados, pues más allá de que exista una intención una razón para crear un producto pedagógico que haya de usar los medios de información para cumplir su cometido, lo que deben pretender establecer antes que un extenso listado de ideales, deben primero hacer un posicionamiento de concepto, un posicionamiento consciente en los inconscientes, un posicionamiento de marca.
No pensemos el término marca como el nombre de un producto, usémoslo en el significado de sello, identidad, exclusividad; los contenidos diseñados conscientemente, sellan (marcan) los conscientes colectivos, generando en ellos procesos de identidad, fidelización y de arraigo.
Los conscientes colectivos se construyen con la suma de las identidades individuales que se reúnen alrededor de un concepto, de una característica que aglutina los intereses de los que consumen productos mediáticos. Una Telenovela no vende marcas, por más que se vean las etiquetas de los refrescos en las manos de los protagonistas, o no vende marcas de ropa que son plenamente distinguibles y dejan a la luz la obviedad de lo publicitario de las escenas. Las telenovelas venden idearios, venden contextos, venden jerga, venden identidad.
Esta influencia sistémica, a través de algo inconsciente como los contenidos, sella (marca) los conscientes, entablando relaciones cada vez más fuertes en la cotidianidad de los consumidores, entonces la gente empieza a saludar de cierta forma, se llama de cierta forma, piensan de cierta forma, y terminan por elevar la ficción de lo que sucede en la pantalla, hasta la realidad de pensar que cualquiera de esos actores está encarnando una historia similar a la mía, y ver la novela me permite o anticiparme a los acontecimientos de mi propia vida, o dilucidar las respuestas que no obtenemos de nuestros contextos circundantes, pues las metahistorias de las novelas, nos dejan ver lo que los otros piensan, mientras que en la realidad, solo sabemos ( y a duras penas) lo que sucede con nosotros mismos.
La Escuela (academia) entonces ¿tendrá sobre sus hombros la enorme responsabilidad de enseñar a consumir los contenidos que se convierten en colectivos? O más bien, ¿la escuela debe someterse a sí misma, al rigor del medio para intentar comunicar los contenidos? Por momentos hemos olvidado que el medio es el aparato, no es el que piensa el contenido, el contenido ya viene construido cuando se va a emitir.
La formación debe ir a los cerebros de los creativos, a las mentes de los que idean los universos paralelos de ficción y acción de las novelas; la formación, debe arraigarse en el juicio de los que emiten (vomitan) noticias, sin fijarse en el olvidado rigor de la verdad y de la necesario confrontación de la información. La formación debe hacer mella en el colectivo de consumo, para enseñarle a autodecantar lo que consume, y no desear verlo todo, consumirlo todo, pues de lo único que esta enferma la sociedad es de indigestión mediática, en la que lo que se cocina en las parrillas de información es a la vez lo mismo en todas partes, y a la vez distinto, es a la vez rico en contenidos, o completamente pobre en la profundidad.
Los estudios mediáticos, intentan intervenir a las colectividades en sus conscientes brindándoles herramientas e insumos, “inculcándoles” a través de los contenidos, las formas para interpretar desde ellos mismos, convirtiendo los contenidos mediáticos en contenidos colectivos, que más allá de ser simples opciones de consumo, en discursos claros que intervienen y forman el criterio de aquellos miembros de dichos colectivos.
Los contenidos mediáticos que apuntan a la formación de conscientes colectivos de consumo, pretenden ser pedagógicos, que generen procesos de aprendizaje para globalizar las tendencias de consumo, y así establecer círculos de influencia y de enseñar a consumir contenidos.
Las realidades sociales, las realidades de los conscientes colectivos, están siempre influenciadas por la tendencia discursiva de los mismos contenidos que se consumen en cada contexto, las realidades sociales son intervenidas a través de procesos educativos de solución y organización de las soluciones, y es así como se crean productos pedagógico – mediáticos, que gracias a su alcance, ayudan a intervenir las realidades que circundan.
Los contenidos mediáticos, se diseñan y se comprenden desde la perspectiva de la intención con la cuál son elaborados, pues más allá de que exista una intención una razón para crear un producto pedagógico que haya de usar los medios de información para cumplir su cometido, lo que deben pretender establecer antes que un extenso listado de ideales, deben primero hacer un posicionamiento de concepto, un posicionamiento consciente en los inconscientes, un posicionamiento de marca.
No pensemos el término marca como el nombre de un producto, usémoslo en el significado de sello, identidad, exclusividad; los contenidos diseñados conscientemente, sellan (marcan) los conscientes colectivos, generando en ellos procesos de identidad, fidelización y de arraigo.
Los conscientes colectivos se construyen con la suma de las identidades individuales que se reúnen alrededor de un concepto, de una característica que aglutina los intereses de los que consumen productos mediáticos. Una Telenovela no vende marcas, por más que se vean las etiquetas de los refrescos en las manos de los protagonistas, o no vende marcas de ropa que son plenamente distinguibles y dejan a la luz la obviedad de lo publicitario de las escenas. Las telenovelas venden idearios, venden contextos, venden jerga, venden identidad.
Esta influencia sistémica, a través de algo inconsciente como los contenidos, sella (marca) los conscientes, entablando relaciones cada vez más fuertes en la cotidianidad de los consumidores, entonces la gente empieza a saludar de cierta forma, se llama de cierta forma, piensan de cierta forma, y terminan por elevar la ficción de lo que sucede en la pantalla, hasta la realidad de pensar que cualquiera de esos actores está encarnando una historia similar a la mía, y ver la novela me permite o anticiparme a los acontecimientos de mi propia vida, o dilucidar las respuestas que no obtenemos de nuestros contextos circundantes, pues las metahistorias de las novelas, nos dejan ver lo que los otros piensan, mientras que en la realidad, solo sabemos ( y a duras penas) lo que sucede con nosotros mismos.
La Escuela (academia) entonces ¿tendrá sobre sus hombros la enorme responsabilidad de enseñar a consumir los contenidos que se convierten en colectivos? O más bien, ¿la escuela debe someterse a sí misma, al rigor del medio para intentar comunicar los contenidos? Por momentos hemos olvidado que el medio es el aparato, no es el que piensa el contenido, el contenido ya viene construido cuando se va a emitir.
La formación debe ir a los cerebros de los creativos, a las mentes de los que idean los universos paralelos de ficción y acción de las novelas; la formación, debe arraigarse en el juicio de los que emiten (vomitan) noticias, sin fijarse en el olvidado rigor de la verdad y de la necesario confrontación de la información. La formación debe hacer mella en el colectivo de consumo, para enseñarle a autodecantar lo que consume, y no desear verlo todo, consumirlo todo, pues de lo único que esta enferma la sociedad es de indigestión mediática, en la que lo que se cocina en las parrillas de información es a la vez lo mismo en todas partes, y a la vez distinto, es a la vez rico en contenidos, o completamente pobre en la profundidad.
FUTBOL Y NACIÓN

Hablar de fútbol y nación en una nación que vive del fútbol y para el fútbol, supone un análisis más allá de las líneas del campo de juego, para incursionar en los terrenos de la crítica social, y de las realidades de los colectivos que consumen medios, y que implica analizar esos medio que por ratos nos consumen.
La serie futbol y nación, con una realización intrépida e y ágil, más allá de hacer una apología del fútbol, resalta lo que en últimas deberían reconocer los más ortodoxos sociólogos como el resultado de un verdadero trabajo de campo, pues es en el campo de juego donde se gestan un entramado de sentimientos y respuestas, que trascienden todo análisis pedagógico, y se pueden rastrear en cada grito en el estadio hasta la más acalorada de las discusiones en una acera de la ciudad.
La gran pregunta sobre los contenidos y la forma de presentarlos, y a la luz del fútbol nos puede llevar a pensar en la posibilidad como un juego como el fútbol (pues visto en su más simple esencia es un juego) puede trascender a los límites de lo epopéyico, y convertirse en un resumen social, pues el futbol resume las luchas entre ricos y pobres, entre favorecidos y despreciados, convirtiéndose en una religión de miércoles y en un sacramento de tribuna, que es capaz de reunir en el sentir de una misma camiseta, a los estratos más diversos, a las formas de pensar más contrarias, aún, las fronteras de gentilicio y tierra.
Si el tema consiste en el análisis de los contenidos y la injerencia de los medios en su poder, la delgada frontera entre lo utópico y lo real se ha desdibujado, pues la información y los contenidos ya se han convertido en un producto que se vende, se intercambia, se plusvaliza, se pulveriza.
Es así como algo tan simple como un juego, se convierte en una mercancía que deja eternos dividendos a los grandes emporios de la información, y precisamente por esta razón, es que se desdibuja la razón de ser del verdadero fin del entretener y educar, en vez de vender y condicionar.
Todos los días asistimos al cotidiano teatro noticioso, en el que nos venden por módicas cuotas leídas por los profesionales de la presentación, la realidad del país y lo que sucede en las calles, en los campos, en las finanzas, en los deportes.
Si los contenidos ofrecidos no son lo suficientemente satisfactorios al oído o a los ojos, la única opción que hemos aprendido es la alternativa del cambio de canal, o en el más arriesgado de los casos apagar la televisión en el acto más heroico posible y más “responsable” en el supuesto de no dejarse embrutecer más por lo que emiten las grandes cadenas.
Interrogarse sobre los contenidos e interrogar a los contenidos, es un ejercicio que va más allá de preguntarse si un contenido es censurable o no, la pregunta va más allá. Y debe ascender al ámbito de la autocritica y el análisis de ya no pensar en lo qué consumo, sino cómo lo consumo.
Que importante sería diseñar criterios desde la academia y desde la elaboración misma de los contenidos, que permitan un análisis no de la información en si, sino en una anticipación a como las consecuencias pueden impactar negativamente a las audiencias.
La televisión se enseña a ver, no basta solo con mostrar como se enciende, como se cambia el canal o cómo se apaga el receptor; va más allá la necesidad de enseñar a interpretar objetivamente lo que sucede , cómo sucede y para que sucede y eso que nos enseña.
Si volvemos a hablar de futbol como es que tememos a los clásicos, o a los enfrentamientos afuera del estadio, en el que las calles se tiñen de humo antimotines, y se refleja de forma clara lo que se sustrae del verdadero inconsciente colectivo, trasladar la sana batalla deportiva, hacia los límites suprahuamnos del ser capaz de reventarle la cabeza a un contrario por el hecho de pertenecer a la barra del otro equipo, como si asistiéramos al más dantesco de los escenarios, en que el espíritu deportivo se convierte en noticia de última hora ya no como exaltación de la lucha gallarda y honesta de los jugadores, sino del campo de guerra que queda al paso de las barras combatientes.
Nación y futbol, en una nación que vive del futbol. Cuándo será que nuestra nación dejará de ser un entramado de noticias e historias mal contadas, para crecer y ser un verdadero colectivo social que interpele, pregunte y construya, sin las excusas de la violencia y la cohersión.
La serie futbol y nación, con una realización intrépida e y ágil, más allá de hacer una apología del fútbol, resalta lo que en últimas deberían reconocer los más ortodoxos sociólogos como el resultado de un verdadero trabajo de campo, pues es en el campo de juego donde se gestan un entramado de sentimientos y respuestas, que trascienden todo análisis pedagógico, y se pueden rastrear en cada grito en el estadio hasta la más acalorada de las discusiones en una acera de la ciudad.
La gran pregunta sobre los contenidos y la forma de presentarlos, y a la luz del fútbol nos puede llevar a pensar en la posibilidad como un juego como el fútbol (pues visto en su más simple esencia es un juego) puede trascender a los límites de lo epopéyico, y convertirse en un resumen social, pues el futbol resume las luchas entre ricos y pobres, entre favorecidos y despreciados, convirtiéndose en una religión de miércoles y en un sacramento de tribuna, que es capaz de reunir en el sentir de una misma camiseta, a los estratos más diversos, a las formas de pensar más contrarias, aún, las fronteras de gentilicio y tierra.
Si el tema consiste en el análisis de los contenidos y la injerencia de los medios en su poder, la delgada frontera entre lo utópico y lo real se ha desdibujado, pues la información y los contenidos ya se han convertido en un producto que se vende, se intercambia, se plusvaliza, se pulveriza.
Es así como algo tan simple como un juego, se convierte en una mercancía que deja eternos dividendos a los grandes emporios de la información, y precisamente por esta razón, es que se desdibuja la razón de ser del verdadero fin del entretener y educar, en vez de vender y condicionar.
Todos los días asistimos al cotidiano teatro noticioso, en el que nos venden por módicas cuotas leídas por los profesionales de la presentación, la realidad del país y lo que sucede en las calles, en los campos, en las finanzas, en los deportes.
Si los contenidos ofrecidos no son lo suficientemente satisfactorios al oído o a los ojos, la única opción que hemos aprendido es la alternativa del cambio de canal, o en el más arriesgado de los casos apagar la televisión en el acto más heroico posible y más “responsable” en el supuesto de no dejarse embrutecer más por lo que emiten las grandes cadenas.
Interrogarse sobre los contenidos e interrogar a los contenidos, es un ejercicio que va más allá de preguntarse si un contenido es censurable o no, la pregunta va más allá. Y debe ascender al ámbito de la autocritica y el análisis de ya no pensar en lo qué consumo, sino cómo lo consumo.
Que importante sería diseñar criterios desde la academia y desde la elaboración misma de los contenidos, que permitan un análisis no de la información en si, sino en una anticipación a como las consecuencias pueden impactar negativamente a las audiencias.
La televisión se enseña a ver, no basta solo con mostrar como se enciende, como se cambia el canal o cómo se apaga el receptor; va más allá la necesidad de enseñar a interpretar objetivamente lo que sucede , cómo sucede y para que sucede y eso que nos enseña.
Si volvemos a hablar de futbol como es que tememos a los clásicos, o a los enfrentamientos afuera del estadio, en el que las calles se tiñen de humo antimotines, y se refleja de forma clara lo que se sustrae del verdadero inconsciente colectivo, trasladar la sana batalla deportiva, hacia los límites suprahuamnos del ser capaz de reventarle la cabeza a un contrario por el hecho de pertenecer a la barra del otro equipo, como si asistiéramos al más dantesco de los escenarios, en que el espíritu deportivo se convierte en noticia de última hora ya no como exaltación de la lucha gallarda y honesta de los jugadores, sino del campo de guerra que queda al paso de las barras combatientes.
Nación y futbol, en una nación que vive del futbol. Cuándo será que nuestra nación dejará de ser un entramado de noticias e historias mal contadas, para crecer y ser un verdadero colectivo social que interpele, pregunte y construya, sin las excusas de la violencia y la cohersión.
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